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CREANDO FUTURO, PSICOLOGÍA Y MEDIACIÓN FAMILIAR

LOS PADRES Y MADRES ANTE LA SEPARACIÓN

Hoy en día sabemos que las tensiones, las batallas y las discordias constantes en el hogar, junto con un ambiente emocional durante la convivencia cargado de desdicha y amargura por parte de los progenitores, son más perjudiciales para los hijos/as que el mismo trauma de la ruptura. Tal es así, que se ha comprobado que los niños/as que viven en familias intactas (que los progenitores conviven y permanecen juntos) pero con un alto nivel de conflictos, obtienen peores resultados en valoraciones psicológicas que los niños/as de familias con un bajo nivel de conflicto, independientemente de que sean intactas o divorciadas.
El divorcio conlleva una serie de cambios en la familia y en la convivencia que se establece a partir de entonces, dando lugar a que el ejercicio de la parentalidad se vea afectado de forma inevitable por todos o algunos de los siguientes elementos:
- Menores recursos económicos. Los miembros de la pareja se enfrentan a nuevos gastos que antes eran compartidos (ej. la necesidad de buscar un nuevo piso en el que vivir, seguir pagando la hipoteca de la anterior vivienda, etc.) colocándoles en una situación de dificultad económica no fácilmente asumible por todas las parejas y que por extensión, afecta a los hijos/as.
- En algunos casos, la necesidad de volver al hogar de los abuelos, cuando uno de los progenitores se queda súbitamente en una situación más vulnerable. Aunque los abuelos constituyen un apoyo sólido tras la ruptura, no deja de ser una situación de gran complejidad en la cual no sólo hay una pérdida de la intimidad, sino también de la identidad por posibles desplazamientos de roles, alteración de las rutinas creadas anteriormente, problemas en la convivencia, etc.
- Las dificultades a la hora de imponer disciplina por parte de los progenitores, especialmente en el caso de las madres (muchas veces por temor a provocar un sufrimiento mayor en los hijos/as o como proyección del dolor propio), aunque mejora a partir de los dos años aproximadamente.
- El estado psicológico de los progenitores. El proceso de la ruptura suele provocar reacciones emocionales de gran intensidad que oscilan entre la sintomatología depresiva, negación, rabia, ira, dolor emocional, etc. 
- y, las características de la dinámica familiar en el hogar de la parte custodia (habitualmente la madre) y la menor presencia –o ausencia por múltiples motivos- del padre.
Aproximadamente la mitad de los padres y madres indican que las relaciones con sus hijos/as mejoran después de la separación. Aún así, cada miembro de la pareja que se separa manifiesta cambios emocionales que se traducen en diferentes actitudes a la hora de relacionarse con sus hijos/as a partir de entonces. 
En algunos casos de separación, ciertos adultos que durante la convivencia tuvieron escasa relación emocional con sus hijos (por falta de tiempo libre, largas jornadas laborales, personalidad, etc.) tienden a buscarles con mayor intensidad. De este modo, en ocasiones se produce una dependencia mutua de ese progenitor y su hijo/a, especialmente en el periodo inmediatamente posterior a la separación. E incluso en otras ocasiones se dan reacciones no adaptativas, como puede ser la inversión de roles, que se produce cuando el niño/a siente que el bienestar físico o psicológico del progenitor está bajo su responsabilidad y tiende a adoptar el papel de cuidador, confidente, protector...
Por otro lado, muchos progenitores temen que sus hijos/as les rechacen y les culpen por la separación y, en ocasiones intentan comprar su cariño, siendo excesivamente generosos con ellos, comprándoles regalos, accediendo a todas sus peticiones, etc. En otros casos, el estado de ánimo depresivo de alguno de ellos, les dificulta la adaptación a la nueva realidad familiar, llegándose a sentir aislados de sus hijos/as y tendiendo a disminuir el contacto con el tiempo (en mayor medida en los padres no custodios que en las madres). Esta situación acaba convirtiéndose en una profecía autocumplida y un círculo de malentendidos. El progenitor se aleja a pesar de necesitarles y quererles porque se ve incapaz de aceptar la nueva realidad, mientras que los hijos/as piensan que su padre o madre no les visitan porque tienen otros intereses ajenos a ellos, no comprendiendo su estado emocional, y finalmente rechazando verle. En menor medida, pero también existen, están los padres o madres cuyas "visitas" son utilizadas para otros intereses alejados a la finalidad de estar y compartir con los hijos/as.
Lo ideal para el niño/a sería que todo siguiera prácticamente igual a nivel de funciones parentales después de la separación, pero la realidad suele ser otra.

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